Gane quien gane: a Colombia le esperan tiempos turbulentos


 | Por: Gearóid Ó Loingsigh* |

El extremista de la derecha, apologista del delito y hombre que carece de cualquier virtud moral ganó la primera vuelta en las elecciones presidenciales colombianas. Sorprendió a todo el mundo, tanto los de la misma derecha como los de la izquierda. Ahora la gente se moviliza en las calles de Colombia y se hace un esfuerzo enorme para evitar que el próximo presidente de Colombia sea un fascista latino. Si gana, el futuro será muy turbulento y violento para las organizaciones sociales, la izquierda y para el país en sí. Si pierde también.

 

Abelardo De la Espriella se posiciona a la extrema derecha de Álvaro Uribe Vélez en todos los aspectos. Su discurso y propuestas políticas, así como su proyección pública, exhiben una violencia mucho más explícita. Como abogado de paramilitares y narcotraficantes, y asesor directo de las Autodefensas en el proceso de Santa Fe de Ralito, ha llegado a sostener públicamente que el derecho y la ética no tienen ninguna relación. Un perfil de esta naturaleza gobernaría desprovisto de principios morales, o más bien, bajo la lógica del victimario, el despojador y el violador de derechos humanos. Su mandato arrastraría al país de regreso a las décadas de 1980 y 1990, épocas en las que el Ejecutivo fingía ignorar los crímenes de Estado. No obstante, al igual que Nayib Bukele en El Salvador, De la Espriella no sentiría la necesidad de simular nada, excepto la empatía.

 

El próximo gobierno se perfila más violento y extremista que sus predecesores, impulsado por un entorno global favorable a sus intereses. Históricamente, la socialdemocracia colombiana ha supeditado la salvación del país a la intervención de Estados Unidos y Europa; un ejemplo de esta desconexión fue la ingenua creencia de ciertos sectores de ONG que depositaron sus esperanzas en la administración de Obama. Si bien es legítimo y necesario denunciar las violaciones a los derechos humanos ante instancias internacionales —incluso en foros capitalistas como el Parlamento Europeo o el Congreso estadounidense—, resulta contradictorio esperar que estas pongan fin a los abusos. Sus corporaciones suelen ser las principales beneficiarias, instigadoras y, en ocasiones, ejecutoras directas de la violencia en el territorio. Aunque estas instituciones han amortiguado la crisis de manera puntual, jamás han resuelto el problema estructural. Delegar la liberación de Colombia a manos extranjeras, en lugar de confiar en la movilización de su propio pueblo, no solo es una ingenuidad, sino un peligro latente. El actual panorama internacional validará y potenciará los peores excesos de Abelardo De la Espriella si logra alcanzar la presidencia.

 

Antes, las ONG se apoyaban en la coyuntura de un pretendido compromiso global con los derechos humanos. Ese respaldo siempre fue selectivo, pero al menos obligaba a los poderes occidentales a guardar las apariencias. En Europa, la socialdemocracia lograba arrancar acciones mínimas, según conviniera a sus intereses y conveniencias del momento. Pero los tiempos han cambiado. Asistimos a un genocidio en vivo ante la total indiferencia internacional, mientras Europa calla o secunda el hostigamiento de Estados Unidos en escenarios como Ucrania e Irán. Lo más preocupante ante un posible triunfo de la extrema derecha en Colombia es que esos gobiernos europeos, a donde las ONG acudían históricamente a denunciar abusos, hoy lideran una campaña abierta contra el derecho a disentir y ejecutan ataques constantes contra sus propios pueblos.

 

En Alemania, portar una camiseta de Palestina o una kufiya es motivo de arresto, y las marchas pacíficas son atacadas brutalmente. El Estado alemán expulsa y prohíbe el ingreso de voces disidentes europeas, como el exministro griego Yanis Varoufakis. En Gran Bretaña, ancianos, ciegos y sacerdotes son judicializados como terroristas por defender la causa palestina; allí, el gobierno se mantuvo "firme" ante huelgas de hambre que casi cobran vidas. La persecución no tiene límites: pretenden retirar licencias a médicos por sus posturas políticas y encarcelan a ciudadanos por opinar en redes sociales. Esta es la Europa que guardó silencio y pidió "calma" mientras la policía colombiana asesinaba a decenas de jóvenes durante el Estallido Social de 2021. Ante un régimen autoritario liderado por Abelardo De la Espriella, la Unión Europea no moverá un dedo; sus propios gobiernos ya están enfrascados en desmantelar los derechos civiles de su población.

 

En los EE. UU., la policía migratoria vulnera derechos fundamentales al allanar viviendas sin orden judicial y detener a personas sin el debido proceso, amparada en la arbitrariedad presidencial. La coyuntura internacional juega a favor de figuras como Bukele, Milei y De la Espriella. A la socialdemocracia colombiana se le acabó el mito del "apoyo" de las potencias de Occidente. Ahora no queda más opción que dar la pelea. Si los jóvenes regresan a las calles, la dirigencia debe apoyarlos con recursos, con la voz y de frente, en lugar de traicionarlos como hizo Petro al dejarlos pudrirse en la cárcel. La extrema derecha no actúa con paños tibios, y es imposible derrotar con concesiones ni posturas moderadas.

 

Quienes hoy reclaman un espacio de "centro" en Colombia apelan a una ficción. Lo más parecido a un centro político en este país es el Pacto Histórico, una plataforma socialdemócrata y liberal que no tiene nada de socialista. Que los comentaristas de los grandes medios vean en esta coalición la revolución cubana solo evidencia lo corrida que está la aguja hacia la derecha. Ya quisiéramos que tuvieran esa vocación transformadora, pero no es así. El debate sobre una Asamblea Constituyente es legítimo, y defenderla no radicaliza a Cepeda en la izquierda, como tampoco rechazarla vuelve centrista a una oposición que históricamente le teme a las urnas. Lo que realmente persiguen es empujar al Pacto Histórico a transar con la derecha "bien portada", encarnada en personajes como Claudia López, sobre quien pesa el saldo de 14 jóvenes asesinados tras las protestas por el homicidio de Javier Ordóñez en el año 2020. Intentar lavar la cara de los expresidentes para venderlos como el "centro" es un insulto a la historia; sus Gobiernos están manchados de sangre y para constatar están las alertas que Amnistía Internacional emitía en su momento. Evidentemente, el whisky caro afecta la memoria de la élite analítica. De la Espriella no monopoliza la falta de empatía. Esa tecnocracia opinadora es tan responsable de la crisis como la prensa corporativa: boicotean el cambio porque a ellos el país de la desigualdad les funciona perfectamente.

 

Uno de los problemas del gobierno de Petro y de la campaña de Cepeda es la falta de propuestas claras de izquierda. Los intentos por transformar la salud en Colombia terminaron enredados en negociaciones con las bancadas de derecha en el Congreso, esas mismas que la prensa corporativa maquilla como "centro" para exigir alianzas. A Petro le faltó audacia. Su reforma se diluyó al transar con las grandes empresas del sector, muchas de ellas multinacionales como el Grupo Keralty español. En su lugar, el progresismo debió defender una propuesta directa y fácil de entender por el pueblo: un sistema universal de salud. Una premisa básica que le asegure a la gente que, sin importar sus ingresos, el Estado la atenderá hasta el último momento si padece una enfermedad leve, grave, aguda o crónica.

 

Si gana Iván Cepeda, ¿qué pasará? Si la movilización popular y el esfuerzo del Pacto Histórico dan frutos en la segunda vuelta y Cepeda se impone, los problemas no terminarán; la derecha simplemente abrirá otro frente de batalla. El libreto ya está escrito: una de las primeras en felicitar a De la Espriella fue la ultraderechista venezolana María Corina Machado, y él no tardó en agitar el fantasma del fraude para implorar el apoyo de Washington. Trump, fiel a su estilo de respaldar a los autócratas, acudió al llamado. Si la izquierda gana, la oposición colombiana aplicará la misma fórmula que en Venezuela: pedir sanciones, asfixia internacional y, si las condiciones se prestan, promover un golpe militar. Lamentablemente, Gustavo Petro les dejó el camino pavimentado. Su empeño en complacer a Trump en múltiples frentes, sumado a la despolitización de su discurso sobre el conflicto interno y a su previsible condena al gobierno venezolano, configuraron una cobardía política que ahora se le devuelve como un bumerán. Sí Cepeda asume el poder, es seguro que la derecha tarde o temprano intentará tildarlo de dictador.

 

Después del 21 de junio, la única opción será dar la pelea de frente, algo que Petro jamás entendió. A la socialdemocracia le tocará salir a luchar, incluso a esos sectores que hoy están más preocupados por aferrarse a sus puestos de trabajo que por defender el proyecto político. Aunque no todos actúan igual, la pasividad ya no es una alternativa.

 

* Analista del conflicto colombiano

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