| Por: Isabel Borrero Ramírez /Colarebo |
Colombia no está polarizada: está clínicamente disociada. No asistimos a un debate ideológico, sino a un cuadro psicótico sin tratamiento donde el delirio de unos es la soga de los otros.
La visita de Cepeda al Parque de San Antonio el 28 de marzo fue el detonante. Su discurso se centró en una idea que para el uribismo es una herida narcisista: Medellín y Antioquia cambiaron para siempre y no volverán al pasado.
La reacción de la derecha fue inmediata. El alcalde de Medellín y el gobernador de Antioquia lo acusaron de insultar a los antioqueños al tildar a la región de ser la cuna de la narcoeconomía y el terrorismo de Estado. Esta indignación no es ética, es estética. Es una formación reactiva: necesitan sobreactuar una pureza regional para tapar el hedor de las fosas comunes que el discurso de Cepeda ayuda a destapar. No les duele el crimen, les horroriza que se les corra el maquillaje moral. Es el TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) de una élite que se lava las manos compulsivamente mientras el agua sale roja.
Curiosamente, un juez ya negó una tutela que buscaba callar a Cepeda, protegiendo su derecho a la opinión. Para el rigor clínico, la derecha está intentando judicializar el discurso político porque no tolera la disonancia cognitiva de ver a la izquierda llenando plazas en su feudo.
En la psiquiatría clásica existe un fenómeno fascinante llamado folie à deux, locura compartida. Sin embargo, en la política criolla hemos evolucionado hacia una psicosis colectiva institucionalizada. Este no es un hecho aislado, es un patrón de repetición neurótica. En ese marco, las declaraciones en X de Álvaro Uribe no constituyen un debate político; son la transcripción de una sesión donde el terapeuta ha sido expulsado y el paciente administra el hospital.
El paciente de El Ubérrimo: la proyección como escudo.
Analicemos el discurso de Uribe. Su sintomatología es de manual: proyección paranoide. Al llamar a Cepeda bandido camuflado, el expresidente utiliza un mecanismo de defensa primario: atribuye al otro los rasgos que su propio superyó no puede procesar. Es la externalización de la culpa en su estado más puro.
Uribe apela a la transferencia masiva. No le habla a ciudadanos, le habla a una feligresía que necesita un padre de la patria perpetuamente amenazado. Es un vínculo de apego desorganizado: la base electoral sufre una ansiedad de separación traumática. Sin el patrón, el mundo pierde sentido. Al mencionar los atentados contra su vida, activa el sistema límbico de su base electoral, sustituyendo el debate de ideas por la angustia de castración política. Si el padre cae, el hijo queda a la intemperie. Es el liderazgo convertido en fetiche de seguridad para adultos que se niegan a crecer.
Cepeda: el archivero del trauma y el retorno de lo reprimido.
Frente a la verborrea del adjetivo y el brote impulsivo, Cepeda juega el rol del analista que no necesita gritar porque tiene el expediente. Si Uribe es el incendio, Cepeda es el perito forestal que encuentra el fósforo. Su respuesta no es un insulto, es una lista de apellidos que funcionan como significantes del trauma nacional.
Mientras el expresidente se refugia en la emoción primaria de la traición, Cepeda se ancla en el sustantivo judicial. Es la metodicidad del síntoma que vuelve: aquello que el uribismo intentó sepultar bajo toneladas de retórica de seguridad regresa siempre en forma de folio numerado. Cepeda no es solo un opositor, es la personificación de la memoria de trabajo de un país con amnesia inducida. Su fuerza no reside en el carisma, sino en la frialdad del dato, esa que desarticula el delirio porque no entra en el juego de la transferencia emocional, sino en el de la realidad fáctica irrumpiendo en la fantasía de impunidad.
La falacia del plan de gobierno: una inversión proyectiva.
Es fascinante observar cómo la derecha intenta invalidar a Cepeda tildando su agenda de ser un ataque obsesivo contra Uribe. Clínicamente, estamos ante una inversión de roles. No es Cepeda quien gravita sobre Uribe; es el uribismo el que, en su incapacidad de procesar la culpa histórica, convierte cualquier recordatorio de la verdad en una afrenta personal. Tildar su plan como ataque es una maniobra de distracción para no debatir el contenido de fondo: justicia restaurativa y reforma agraria.
Pero el delirio alcanza su cenit cuando Uribe intenta instrumentalizar el asesinato de Miguel Uribe Turbay ocurrido el 7 de junio de 2025 para culpar directamente a Petro y a Cepeda. Esto ya no es opinión, es una distorsión cognitiva perversa y una calumnia con tintes de psicopatía. Utilizar un magnicidio reciente para alimentar la hoguera del odio político es el último refugio de una mente que necesita enemigos omnipotentes para justificar su propia caída. Es más cómodo diagnosticar al mensajero como obsesivo que aceptar que el paciente está enfermo de realidad.
La asimetría del mediador: el dandi de la impunidad.
Aquí el sarcasmo es un mecanismo de supervivencia. Ser un dandi de la impunidad es un mérito estético.
Hablemos de Abelardo de la Espriella. Mientras a Cepeda se le tilda de patrocinador de la impunidad por sus gestiones de paz, lo que en psicología social sería mediación transformativa, a De la Espriella se le ha asociado públicamente, desde su rol como abogado, con figuras vinculadas a estructuras paramilitares. Para el establishment, es más aceptable un mediador que viste de seda y defiende el statu quo paramilitar que uno que defiende la justicia restaurativa. El sistema perdona al abogado de las AUC porque su narcisismo es aspiracional. Es la patología del esclavo que admira el látigo del amo, siempre que sea de marca. La derecha no odia la mediación, odia al mediador que no se arrodilla ante el patrón de finca.
La estigmatización como terapia de choque.
¿Por qué le exigen debates a Cepeda? No para escucharlo, sino para realizar un exorcismo público. Buscan que el monstruo hable para confirmar sus sesgos. Si lee, es frío; si se defiende, es agresivo. El ataque sistemático hacia su lectura es, en realidad, una fobia al pensamiento procesado. En un país de hombres que disparan desde la cadera, el acto de leer se percibe como una castración de la virilidad política. Esto es gaslighting elevado a método de Estado.
Hasta aquí, los hechos.
Análisis clínico.
Estamos ante una asimetría moral institucionalizada. Al sistema le parece natural que un abogado de élite medie por señores de la guerra, pero le parece sospechoso que un defensor de derechos humanos medie por la paz con guerrillas.
¿Qué quieren con los debates? No quieren propuestas, quieren el espectáculo del linchamiento. Exigir debates a alguien a quien ya han etiquetado no es para contrastar planes de gobierno, sino para provocar un error que confirme prejuicios.
Diagnóstico reservado.
Colombia no necesita un plan de desarrollo; necesita una intervención sistémica y unos 50 años de terapia de grupo intensiva. El problema de rezar por un patrón es que, en términos freudianos, el paciente está enamorado de su síntoma. Y ya sabemos lo difícil que es curar a alguien que obtiene un beneficio secundario, identidad, seguridad, odio compartido, de su propia enfermedad.
Conclusión.
La derecha no quiere que Cepeda se defienda porque su defensa implica recordarles el contenido de los expedientes judiciales. Es más fácil criticar que lee que aceptar lo que dicen las páginas que está leyendo.
La derecha no teme que Cepeda mienta; teme que lea en voz alta las páginas que llevan décadas intentando quemar. Colombia sigue rezando por un patrón porque tiene pánico de descubrir que, en el diván de la historia, el padre siempre fue el principal síntoma de la enfermedad.
GLOSARIO. Breviario para no psicólogos
Proyección paranoide. Mecanismo de defensa donde el sujeto expulsa de sí mismo cualidades inaceptables y las coloca en el otro.
Disonancia cognitiva. Tensión mental al sostener creencias contradictorias.
Psicología del poder. Estudio de cómo el poder aumenta el narcisismo y disminuye la empatía.
Formación reactiva. Transformar un impulso inaceptable en su opuesto exagerado.
Inversión proyectiva. Acusar al otro de lo que uno mismo padece o ha facilitado.
Cláusula de lectura: Este texto no busca agradar, busca incomodar lo suficiente como para obligar a pensar.
*Psicóloga Clínica, Especialista en Psicología Social, Especialista en Comunicación No Verbal, Psicóloga Clínica, Especialista en Psicología Social, Especialista en Comunicación No Verbal.
BIBLIOGRAFÍA DE APOYO
Foucault, Historia de la locura en la época clásica.
Freud, Psicología de las masas y análisis del yo.
Zimbardo, El efecto Lucifer.
Kernberg, Trastornos graves de la personalidad.
Bar Tal, Intractable Conflicts.
Sentencia de la Corte Suprema de Justicia. Proceso contra Álvaro Uribe.

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